Ante 25 aniversario del fallecimiento de Juan Raúl FerreiraPRÓLOGOpor Juan Raúl Ferreira
Doctor en Relaciones Internacionales. Ex Diputado y Senador de la República. Ex Embajador de la República en Argentina. Autor de varios libros.
Dejé de ser un admirador anónimo de Gustavo Perednik, cuando tuve la suerte de conocerlo en noviembre de 2004. Fue en la B’nai B’rith, donde presentó un libro publicado por la Organización Sionista del Uruguay. La obra El sionismo a cien años de Herzl recopilaba ensayos; entre ellos, uno de mi buen amigo Eduardo Kohn.
Después de su oratoria cargada de carisma, y de capacidad para hacer pensar, nos presentaron. Apenas intercambiamos algunas palabras. No me animé a contarle las veces, que en mis años de Embajador en Argentina, fui a mezclarme en el anonimato del público que convocaba.
Pasó exactamente un año, hasta que recibí un inesperado llamado. Charlotte de Grünberg me pedía, en nombre de ORT, que presentara el segundo volumen de la obra de Gustavo Pensadores Judíos en la Civilización Occidental.
Recibí copia del mega ensayo, que iba presentando, desde los profetas bíblicos a pensadores de nuestro tiempo. Muchos de los autores y filósofos, en varios casos tienen posturas antagónicas. Sin embargo, de la lectura de la obra de Gustavo, uno iba descubriendo un hilo conductor que los identificaba como judíos. Aunque sus respuestas finales fueran distintas, había algo en lo que fundaban sus verdades, en los problemas que planteaban, en dónde veían la esencia de las cosas, que permitía, con la ayuda de Perednik, descubrir fácilmente su condición de judíos.
Sentí una responsabilidad abrumadora, pero no quise desaprovechar la oportunidad de aprender tanto y acepté el reto. Hice referencia en mi presentación al Himno Nacional Uruguayo, del cual solemos recordar solo la parte que se canta. Sin embargo, en la octava estrofa del solo, al ejemplificar el apego que debemos a nuestros valores nacionales, lo compara con el que profesa el pueblo judío al Arca de la ley. Dice:
De los fueros civiles el goce
Sostengamos; y el código fiel
Veneremos inmune y glorioso
Como el arca sagrada a Israel
Quizás aquella noche del 27 de noviembre en ORT, no me di cuenta de la verdadera importancia que tenía aquella cita. Porque resume el mensaje último del legado de la obra de Perednik. No deja de ser, en todo caso, el esfuerzo, y el testimonio de la vida de Perednik, un modo de seguir acarreando el Arca Sagrada sobre los hombros.
Dice pues bien nuestro himno: los fueros civiles, nuestros códigos (escritos o no) vienen de allí. Nuestros valores, los que identifican nuestra civilización, empiezan en forma de ley escrita (la custodiada por el pueblo judío) –los Diez Mandamientos, las normas contenidas en el Pentateuco, etc.- y luego van tomando forma de costumbres, de valores más intangibles que se transmiten de generación en generación. He ahí la importancia de la tradición.
Alguien inadvertidamente, expresó muy bien lo que me inspira y transmite la obra de Perednik. Un jerarca policial, por el que tengo una especial estima, escribió sobre mi libro Vadearás la Sangre: «En la sociedad hay normas escritas que permanentemente nos rigen, la Biblia (que nunca nos falte), la Torá, libros religiosos, constituciones, leyes y distintas normas impresas… pero hay normas que coexisten con estas (y provienen de ellas) que son códigos no escritos, normas éticas y morales de conducta, modos de entender la vida y la coexistencia y que van más allá de nuestra existencia humana».
Es el gran tema de la identidad. En este caso la identidad forjada en torno a grandes valores que rigen nuestra vida y le dan sentido. Por ejemplo, el amor a la vida y no concebirla si no es para ejercer en ella el más importante de estos valores, uno por el cual vale la pena, incluso, ofrendar la vida: la libertad.
Aquella noche, Perednik dejándose llevar por el afecto agradeció en forma excesivamente generosa mi presentación. Me describió como alguien «… que además reúne la condición de cristiano conciente de la raíz judía de su fe».
Es cierto, yo siempre me defino como «judeocristiano», aunque me suene como redundante. Pero cuando uno ve la película «La Pasión de Cristo», a la que prefiero llamar “El Evangelio según Mel Gibson”, se da cuenta de que hoy es necesario explicitarlo, en tanto hay cristianos que ven en lo judío lo antagónico. Otros sentimos que allí están nuestras raíces y que éstas nos convocan, a un destino común. No lo digo solamente desde el punto de vista religioso (Juan Pablo II llamó a los judíos «mis hermanos mayores en la fe»), sino en algo más amplio. Un modo de entender la vida y de vivirla.
Por lo tanto, sí, me defino como judeocristiano, inserto por cierto, en este mundo postmoderno hiperdiverso. No reniego sino que asumo, crezco, me enriquezco con la diversidad. Pero ella se compone de identidades y esta es la mía. Tiene en lo judío una raíz común y el cimiento de nuestra civilización.
En el mundo de la religión, estuvimos muchos más años juntos que separados (hace apenas dos mil años de Jesús, que los cristianos creemos es el Emmanuel), antes éramos lo mismo. Tenemos en nuestro origen los cristianos al Patriarca Abraham, a quien los católicos recordamos en el Canon de la liturgia de la Eucaristía (la Misa), llamándole «nuestro padre en la fe».
Pero la misma religión tiene una dimensión cultural que trasciende el ámbito de la Fe. Hace un par de años tuve la suerte de estar presente en la Universidad de Yale durante un simposio sobre Aspectos no religiosos de la Biblia (octubre de 2006). Profesores de diversas disciplinas de distintos centros académicos, explicaban el aporte de la Biblia en prácticamente todos los planos que hacen a nuestra cultura, y aún algo más, a los elementos fundamentales de nuestros ingredientes civilizatorios.
De alguna manera, esta idea de definir y defender la identidad propia como forma de convivir armoniosamente en un mundo cuya gran fortaleza es la diversidad, está presente en la trilogía de Perednik aunque él no lo mencione expresa ni explícitamente.
Vayamos pues al tema central que plantea, desde su disciplina, Perednik: el de la identidad. Y tener bien clara la propia, permite sobrevivir, convivir con otras, en el mundo complejo y multipolar en que nos ha tocado vivir.
Ese asumirse como judeocristiano en una dimensión que va, como he dicho, más allá de la fe, hace por ejemplo que las festividades del calendario judío se sientan como propias. A ver: ¿Cuántos gentiles celebran la Navidad sin ser creyentes? Es parte de su identidad y de los valores con que se identifica.
Habrá también muchos no cristianos, que sin ninguna connotación religiosa ven en estas festividades esos valores que nos son comunes.
Entiendo pues, a un judío que sin creer en Cristo, celebre el día de su nacimiento junto a su familia, brindando por la paz en la tierra. Pero cuando un cristiano encara una festividad judía, debe asumir que le es propia, que es parte de su historia, de sus valores y de sus tradiciones.
Esa visión no excluyente de la diversidad, la practican los judíos con mucho más intensidad que los que no lo son. En realidad mucha gente piensa lo contrario cuando ve cuanto se aferran a sus tradiciones, sin darse cuenta que las preservan para todos lo que tenemos ese origen.
Precisamente, cuando se presentó el segundo volumen, Perednik hizo una reflexión sobre la expresión bíblica «pueblo elegido», que rara vez la utiliza un judío para definirse a sí mismo. Porque más bien ha sido para este pueblo una responsabilidad que un privilegio.
Agregaba que en la antigüedad los pueblos se invadían unos a otros, e imponían al derrotado su religión. No existe en la historia un pueblo forzado a convertirse al judaísmo por los hebreos. Más bien, liberaban a los pueblos sometidos por quienes les imponían creencias ajenas, para que recuperaran la libertad de elegir sus cultos.
Basta conocer Jerusalem, para entender esta dimensión de diversidad y pluralismo que está en la esencia judía. Yo tuve el privilegio de hablar en la Kneset, en nombre del Uruguay todo, en ocasión de la primera visita de Estado de nuestro país a Israel. Allí vi rostros de diputados israelíes, pero no necesariamente israelitas. Algunos palestinos y otros de diversos grupos étnicos.
Recién ahora comprendo qué quería decir mi padre, Wilson Ferreira, cuando afirmaba «un uruguayo judío, para ser un buen uruguayo, ante todo debe ser un buen judío». Es decir para ser un «buen judío» hay que vivir de determinada manera. El que así vive, no podría no ser un «buen uruguayo».
Habrá sobre esta obra opiniones bien fundadas, a favor y en contra, coincidiendo o polemizando. Expertos en historia, filosofía y disciplinas afines tendrán autoridad para hacerlo. No creo que haya sido ese perfil el que encontró en mí ORT al encargarme este prólogo.
Lo que sí puedo, deseo y me he propuesto hacer, es dar testimonio de esa identidad judía que siento como propia. Además, he vivido una vida que me ha hecho topar constantemente con esa realidad. ¿Qué tienen en común los pensadores elegidos por Gustavo Perednik en la larga lista recopilada en tres tomos? Ser judíos.
Veamos ahora. ¿Por otro lado, qué podrían tener en común: un periodista marxista de Le Monde, un profesor liberal de la Hebrew University, un rabino ortodoxo neoyorquino, un congresista con aspiraciones (concretadas luego) de ser alcalde de Nueva York, una profesora radical de Boston University y el Jefe de asesores del Senador Kennedy (luego subsecretario de Estado de Jimmy Carter) Lo mismo que los grandes pensadores de la obra de Perednik. Ser judíos.
Todos ellos: Philipe Labreveux, Edy Kaufman, el Rabino Morton Rosenthal, Edward Koch, Louise Popkin y Mark Schneider, se movilizaron, unieron esfuerzos (sin conocerse antes) para salvar la vida mía y de mi padre cuando peligraba en la Argentina de Videla del año 1976. Lograron rescatarnos con vida, cuando creíamos que ya estaba todo perdido. Si no fuera por ellos, no podría estar escribiendo estas mal hilvanadas líneas. Cuando tomé conciencia de ello dije a mi padre: «Qué casualidad, todos judíos”. Él me respondió: «no es casualidad; es por ser judíos».
Un día escuché decir a mi padre en una conferencia en el Comité Central Israelita «¿qué es ser judío? No es una raza, porque conozco judíos de diversas razas. No es una religión, porque muchos de mis amigos judíos en Uruguay son agnósticos…» «Y culminó diciendo que ser judío era un estado de espíritu que hacía vivir la vida de una manera especial».
Recordé aquella conferencia cuando mi amigo David Telias (judío agnóstico), a quien consulté mucho sobre como encarar este prólogo, robándole horas a sus responsabilidades en ORT, me comentó: «Creo que los judíos existimos en este mundo, por un lado, para demostrar lo que el hombre puede alcanzar cuando es espiritual y físicamente libre, y como testigos del daño que el hombre puede ocasionar cuando discrimina».
Esa búsqueda milenaria por una definición suficientemente abarcativa, sigue su historia. La obra de Gustavo Perednik, es parte de ese peregrinar en el desierto tratando de saber cada vez más y mejor quiénes somos y de dónde venimos. Sólo así sabremos qué debemos esperar de nosotros mismos en esta vida terrena. No podemos sino agradecer a Gustavo que nos ayude tanto, como en esta trilogía a develar esas incógnitas para darle cada vez más contenido a la vida.
Un modo de portar el arca
12/Mar/2013
Univ. ORT, Depto. de Estudios Judaicos, Juan Raúl Ferreira